Cuento completo · Gratis
—Hijo, hay que partir. ¿Estás listo?
Carlitos estaba desayunado, vestido, peinado, con la mochila armada y más ganas que nunca.
—Sí, mamá. ¡Vamos!
La madre reaccionó sorprendida. Su hijo, que jamás había mostrado el más mínimo interés por algo que no fuera el fútbol, ahora se mostraba ganoso y energético para ir un sábado en la mañana a la segunda clase del taller de catequesis sacramental en el colegio. Rarísimo.
—Oye, qué entusiasmo —le dijo todavía perpleja.
—El Señor obra de formas misteriosas, mamá —respondió su hijo, reflexivo.
—Oye sí, así veo. La semana pasada casi te tuve que arrastrar, pero veo que te gustó. ¿Les dan comida o algo?
—No, no sé, sentí cierta conexión, tal vez.
La madre eligió creer. No era fácil, pero los niños de diez años cambian rápido de parecer y de gustos. Bueno, van varios de sus amiguitos más cercanos, lo deben pasar bien, pensó. Lo dejó en la puerta del colegio, le dio un beso de despedida, le dijo que lo estaría esperando cuando terminaran y partió.
Carlitos entró al colegio con la mente clara y sin dudas. No iba a ir a las clases de catequesis que, la semana pasada, en el primer bloque que estuvo, le parecieron de un aburrimiento tortuoso. En la pausa se encontró con el Ariel, un amigo dos años mayor, quien le comentó que varios niños se habían organizado, pidieron formalmente hacer uso de la cancha todos los sábados, los autorizaron y listo. Se juntaban a jugar toda la mañana, sin límites, sin timbre, sin profesores, sin problemas. Carlitos lo escuchó estupefacto, sonaba demasiado bello como para ser verdad. Lo siguió para comprobar si podía estar pasando algo tan maravilloso, y sí, así era.
Se deleitó con ese paraíso de juego con balón y no necesitó saber nada más. Jugó sin importarle la incomodidad de los zapatos, los pantalones o la camisa. Se olvidó del mundo. Cuando llegó su madre a buscarlo y lo vio sudado con la ropa sucia, él le dijo que, un poquito antes de su llegada, alcanzó a jugar unos minutos.
Por eso ahora iba preparado. Llevaba sus zapatillas, short, polera, una botella de agua y una toalla para secarse al terminar. Todo bien oculto en la mochila. Se cambió en el baño y partió a jugar sin descanso, mientras en paralelo, sus compañeros resistían la evangelización de Cristo.
El lunes le habló al Nico, su compañero de curso, para saber si el cura preguntó por él.
—Sí po. Preguntó quién sabía de ti, que por qué no habías vuelto después del recreo en la primera clase, y si alguien cachaba qué te pasaba.
—Chuta, ¿y qué le dijeron? —respondió, preocupado.
—Nada po, si nadie tenía idea.
Carlitos se puso a pensar. Necesitaba encontrar una solución para compatibilizar las pichangas con el insoportablemente tedioso proceso de catequesis, que tenía una gran recompensa final. No, no era la vida eterna en el paraíso celestial, sino el paseo a unas cabañas en Rapel, de viernes a domingo, al lado del lago para todos quienes aprobaran y, por si fuera poco, con una cancha de fútbol en perfecto estado. Ahí se jugaría el partido definitorio entre el grupo 1 y el grupo 2, la división que se hacía del curso de cuarenta alumnos para facilitar los procesos académicos, que se había transformado desde primero básico en dos planteles que, solo en la cancha, se odiaban a muerte.
Los partidos del paseo no se los perdería por nada del mundo. No podía, por tanto, renunciar a catequesis. Pero tener que soportar al cura hablar durante más de dos horas sobre las bondades de Jesús, mientras en el mismo colegio, ahí, a unos cuantos metros de distancia, se estaba jugando una pichanga que cada semana se hacía mejor, era un flagelo difícil de sobrellevar.
Necesitaba encontrar soluciones. Para idear un plan, primero debía recolectar información clave. Tenía la sospecha —porque no lo había visto nunca— de que el cura a cargo de las soporíferas clases para preparar la primera comunión era externo al colegio. Eso lo confirmó rápidamente en una breve conversación que tuvo en el pasillo con la coordinadora de pastoral.
—Oiga, señora Sandra.
—Dime, Carlos.
—¿Por qué el cura que hace las clases de catequesis es de afuera del colegio? —No estaba seguro, pero al corregirlo, o no, obtendría la confirmación.
—¿Pasó algo?
—No, nada, todo bien. Tenía ganas de que las hiciera usted.
—Ay, qué eres lindo —le dijo sin poder disimular la emoción—. No, mira, él es un cura muy sabio, es vicario episcopal, por eso lo trajimos. Es un lujo para ustedes que les haga clases.
Listo, dos pájaros de un tiro. Aprovechó de hacer la pata, algo siempre útil ante cualquier futuro condoro, y ya tengo confirmado que es de afuera, pensó satisfecho. Ahora, necesito saber si llega o no en auto.
El tema de cómo llegaba el cura al colegio era fundamental para cualquier artimaña que tuviera. Las canchas estaban en la zona norte, y esa era la entrada más cercana al metro. Las clases donde el tiempo se detenía en un limbo de tedio y aburrimiento cristiano se realizaban en la zona sur, donde estaban los estacionamientos. Si el cura llegaba en auto, no pasaría nunca cerca de las canchas y el camino le quedaría despejado.
—Mamá, ¿mañana me puedes ir a dejar 30 minutos antes del inicio de la catequesis?
—Sí, mi amor. ¿Por qué?
—Debo practicar con unos amigos una representación que haremos de Jesús.
—Bueno, claro. ¿Y qué van a hacer?
Upa, Carlitos eso no se lo esperaba. Pensaba que la carta de Jesús era suficiente. ¿Qué hizo Jesús? Piensa rápido, se dijo. Resucitó, eso de fijo. Murió crucificado, eso también es un dato. ¿Por qué? Ni idea. Curaba enfermos y multiplicaba el pan y el alcohol, ¿o no? ¿Jesús era el que caminaba sobre el agua? No creo, eso ya es como mucho.
—Eso es lo que vamos a definir —terminó diciendo.
—Bueno, nos vamos más temprano.
Media hora antes de la catequesis estaba instalado en el estacionamiento, escondido en unos matorrales periféricos que le permitían ver todos los autos, expectante. Llevó unas galletas y una leche con chocolate por si la espera era muy larga. Y lo fue: el cura llegó cinco minutos antes de que empezara la clase. En auto. Las piezas empezaban a encajar.
Como en la vida no existe el plan perfecto y porque el éxito nunca está exento de sacrificios, tuvo que asistir al primer bloque. Se reprochó no haber llevado nada para soportar la clase, unas láminas del álbum del Mundial, por último, pero se perdonó. Ya llevaba ocultas las zapatillas, shorts, polera, y además la leche y las galletas como provisiones de sus labores de espionaje y, por si fuera poco, el elemento clave de la etapa final del operativo. Ahora quedaba resistir. Antes de poder salir al recreo pensó por varios minutos que el timbre estaba malo, pero finalmente sonó, y partió raudo al teléfono público del colegio.
Porque toda precaución es poca, aunque nadie lo miraba, igual puso una moneda en el teléfono, marcó varios números al azar y actuó para un público inexistente. Se metió la mano al bolsillo mientras movía la boca en silencio, refregó sus dedos con una lámina de cebolla que tenía preparada como parte del plan y se la pasó por los ojos. Subestimó, y mucho, el poder de la cebolla, pero ya estaba hecho. Partió corriendo a la sala donde estaba el cura y le explicó:
—Padre —le dijo con los ojos lagrimosos—, llamé a mi mamá para saber cómo estaba mi abuelita, ella está muy enferma. Y me dijo que no está nada de bien.
—Oh, lo siento mucho —le respondió compungido, colocándole una mano en el hombro.
—Sí, padre —dejó que un silencio se instalara—, mi mamá me va a venir a buscar ahora.
—Por supuesto, no te preocupes.
—Me da cosa la asistencia, no he podido venir lo que me gustaría.
—¿La semana pasada estuviste donde tu abuelita?
Ni siquiera se le había ocurrido eso.
—Sí, la estuve cuidando.
—Tranquilo, anda a ver a tu abuelita, dale mucho amor. Marcaremos esta semana y la anterior como asistencia —le dijo guiñándole el ojo—. Ahora anda.
Después de haber soportado un bloque entero, la pichanga fue liberadora. Las piernas le volaban, la sincronización con sus compañeros era perfecta, cada toque del balón equivalía a un shot dopamínico inigualable. Si el paraíso del que tanto hablaron en la clase existía, no podía ser demasiado distinto a esto.
La siguiente etapa de su plan implicaba una serie de complicaciones morales que no lo dejaban tranquilo. Si su abuela estaba gravemente enferma, su muerte ficticia tendría mucho sentido y le permitiría tener libre un fin de semana por los funerales, más otro de yapa por el luto. ¿Era prudente hacer algo así? Si nadie me pilla —pensó—, no pasa nada. Por otro lado, al hacer esto no le ocurrirá nada a mi abuelita linda, que adoro. De todos modos, la idea le generaba un extraño malestar en el estómago, lo evaluaba y reevaluaba más de la cuenta, y desde que se le ocurrió, le costaba dormir por las noches.
Fue el Ariel quien lo ayudó a despejar esas incómodas y molestas disyuntivas éticas, cuando al encontrárselo en un recreo durante la semana, le dijo:
—Oye, Carlos, este sábado no habrá pichanga así nomás. Haremos un torneo. Mi papá se motivó, llevará pizarra para ir anotando los equipos y puntos, pito para arbitrar y hasta petos para que la hagamos en serio. Yo ya te tengo anotado en mi equipo.
Listo. Todos los dilemas morales se resolvieron de un pelotazo. Fue al torneo y concluyó que, de haber algo realmente sagrado en este mundo, eso era el balón.
Esa noche durmió mejor que nunca.
El problema era que su profunda ignorancia de todo lo relacionado con el catolicismo no se condecía con el enorme entusiasmo que mostraba en su casa por no perderse, bajo ninguna circunstancia, los sábados de catequesis. Por fortuna, la solución tocó el timbre de su casa un domingo mientras sus padres dormían la siesta.
—¿Tiene un minuto para hablar de Jesús?
—¡Sí! —respondió Carlos entusiasmado. Esos misioneros parecían enviados de Dios—. Tengo muchas preguntas. ¡Voy por una libreta!
Los portadores de la Palabra se miraron emocionados. Este niño será un santo, pensaron.
—Necesito saber cuáles son los superpoderes que tenía Jesús.
El grupo de religiosos se miró extrañado, pero el más sabio dio un paso al frente y le respondió:
—No eran superpoderes. Eran milagros, señales del amor de Dios.
—Pero podía resucitar, ¿cierto?
—Sí. Venció a la muerte, para que no tengamos miedo de vivir ni de partir.
—¿Y sanaba enfermos? —interrumpió Carlitos, que buscaba respuestas del tipo sí o no, más que la profunda reflexión teológica cuyo interlocutor soñaba con difundir.
—Los tocaba con misericordia. Y sanaban por la fe.
—Yaaa… Lo anotaré como un sí, igual manso power ese ah… ¿Y multiplicaba el pan y el alcohol, correcto?
El religioso suspiró, esto no era lo que imaginó al principio.
—El vino —le dijo con santa paciencia—. Y sí, lo multiplicó, porque el amor bien repartido nunca se agota. En la última cena les dijo a los apóstoles: «Bebed este vino, que es mi sangre».
—¿Cómo que es su sangre? —Por primera vez, Carlitos estaba genuinamente interesado.
—Es un misterio. En la misa, el vino representa un nuevo pacto de redención y perdón, simbolizando su entrega total y sacrificio por la humanidad.
—Ajá… Pero entonces, cuando mi papá toma vino en la cena, ¿se está tomando la sangre de Jesús? —preguntó sin poder disimular la cara de asco.
—No, no es así… —El misionero tomó aire para encontrar las palabras precisas.
—No importa —interrumpió el niño, cortándole el momento—. No hay tiempo. Necesito saber si lo hace o no lo hace. ¿Caminaba sobre el agua, correcto? —preguntó inquieto, mientras anotaba en su libreta.
—Sí. Caminó sobre el agua como señal de que, con fe, no hay tormenta capaz de hundirnos.
—Ese superpoder sí que está bueno. ¿Y podía volar?
—No volaba. Sus milagros no eran para lucirse, eran para mostrar el amor de Dios.
—Oh —dijo con un leve dejo de decepción—. Bueno, igual es harto más de lo que puede hacer Batman.
La parte más complicada de su plan no era el factor ético y moral, ya superado. Ni su ignorancia respecto a la Palabra de Dios, también resuelta. Lo difícil era materializarlo. Había faltado a dos clases seguidas, pero nadie sabía por qué. Necesitaba conseguir una nota escrita con letra de una persona adulta, en donde se explicara que un sábado no asistió por los funerales y al siguiente tampoco por luto. De buenas a primeras, nadie iba a escribir esas notas. Tampoco tenía dinero para sobornar a alguien, aunque a su corta edad, ya entendía algunas cosas que los adultos valoraban, y mucho.
Las providenciales enseñanzas de Jesús obtenidas a partir de su conversación con los misioneros le habían dejado claro que la gente atesora vivir, estar sana, tener pan, tener vino y hacer piruetas sobre el agua. No podía ofrecer ni vida ni salud y mucho menos acrobacias acuáticas. El pan tenía poca gracia, pero su papá tenía un bar con varias botellas de vino. Fue fácil agarrar una al azar, meterla en la mochila y llevarla escondida al colegio. Lo difícil era encontrar a quien pudiera aceptar escribir las notas a cambio de la botella de vino. En el primer recreo fue con su mochila al patio de los más grandes. Era raro ver a un niño de 10 años en la zona de la enseñanza media, pero nadie le dijo nada. No contaba con referencias ni contactos, así que eligió a dos chicas que le parecieron de cuarto medio y se les acercó para hablar.
—Hola, les quería pedir algo —dijo con su mejor cara de niño bueno.
—Hola, niño, ¿qué necesitas?
—Que me hagan una comunicación como si fuera mi mamá.
—Nooo, cariño, no. No nos vamos a meter en atados —le respondieron mientras se echaban para atrás y le mostraban las palmas de las manos.
—A cambio de un vino —y les mostró la botella—, es la sangre de Jesús —remató para agregar valor.
Las muchachas se miraron desconcertadas por un instante, pero una botella de vino gratis es una botella de vino gratis.
—Ah, chuta. Ya, po. ¿Y qué tiene que decir?
—Que la semana antepasada murió mi abuelita y por eso no asistí a…
—¡¿Mataste a tu abuelita?! —le gritaron al unísono.
—No, o sea, en el papel nomás —les dijo con una sonrisa pícara, bajándole el perfil a la situación.
—Oye, el cabrito… —comentaron entre ellas.
Carlos sacó un cuaderno donde tenía todo anotado.
—Ya, miren. El sábado 9 de octubre fueron los funerales. El siguiente no fui por luto, estaba triste. El 23 voy a tener que ir —dijo con pena—. Para el 30 necesito otra, porque voy a estar enfermo de amigdalitis. Lo mismo el sábado 6 de noviembre. A mí a veces me vienen recaídas re jodidas. En serio, pongan eso. El 13 de diciembre es la última clase, a esa iré, no queda otra.
Las chicas lo miraban atónitas, pero hicieron las comunicaciones. Un vino bien lo valía. Copiaron la firma de la madre —él la había llevado en otro papel—, le hicieron jurar de guata que si lo pillaban dijera que las consiguió por otro lado y le entregaron las comunicaciones para materializar su plan maestro.
El sábado 23 fue a clases. Entregó la comunicación al cura, quien la leyó con atención y le puso una mano en el hombro:
—Fuerza, hijito.
Durante toda la clase, Carlos pensó que podía llegar a morir de aburrimiento. Se dedicó a jugar partidos imaginarios con pedacitos de goma en una cancha formada por la baldosa, sin participar de las actividades. El cura lo notó callado y con la vista fija en el suelo, e interpretó esa actitud como un doloroso duelo. Por eso, al final, le ofreció rezar por su abuela y Carlitos lo aceptó con falsa emoción.
El sábado siguiente todo parecía ir bien. Carlos estaba vestido, con zapatos lustrados, camisa planchada, pantalón de tela y mochila con la tenida de fútbol lista. Su mamá lo llevó al colegio como siempre y en el camino conversaron de cualquier cosa. Pero al llegar ella no dobló para dejar que se baje, sino que se estacionó. Carlos no dijo nada, pero un calor intenso se propagó desde adentro de su cuerpo mientras el estómago se le enroscaba como una serpiente. Cuando se bajaron y ella caminó con él hacia la puerta del colegio, ya sabía que algo andaba mal. Al ver a su papá esperando a la entrada, lo confirmó.
—¿Qué pasa? —preguntó, sin mirar a nadie.
—Camina, hijo.
Avanzaron en silencio. Al entrar a la oficina el cura ya estaba ahí, con cara seria.
—Carlos —dijo el cura—, en todos mis años educando y difundiendo la Palabra de Dios, jamás había visto algo así.
Puso sobre la mesa las comunicaciones.
—Mentiras. Manipulación. Falsificación. El dolor que vi en tu rostro me conmovió tanto que llamé a tu profesora jefe para contarle. Y ella habló con tus padres.
Carlos escuchó un crujido en su interior.
—Esto es algo... —al cura le costaba hablar, encontrar palabras— sacrílego.
Entonces intervino su madre:
—¡Mataste a tu abuelita! ¡A mi mamá, Carlos! ¡Y falsificaste mi firma!
—¿Y esto tiene alguna relación con el vino que desapareció de mi bar? —inquirió su padre.
Carlitos asintió despacio, incapaz de mirar a nadie. Empequeñeciéndose a cada segundo.
—¡Robo! Dios mío —gritó el cura mientras se persignaba tres veces.
—Entonces me robaste un vino, y no cualquier vino, ¡un Concha y Toro don Melchor Gran Reserva de 10 años! —gruñó su padre.
La madre lo fulminó con la mirada.
—El tipo de vino es lo menos importante de todo esto.
—Pero es que es un vino de lujo… —murmuró.
—¿Qué dijiste?
—Está muy mal el acto de robar —respondió mientras pensaba en ese vino que estuvo seis meses esperando un momento especial que nunca llegó.
Hablaron media hora sobre las razones éticas y morales por las que habían estado tan mal sus acciones. Uno tras otro. Primero por turnos y hasta se interrumpían para seguir con el reto. Aparentemente, sus acciones eran pecado por donde se mirara. Él no decía nada.
Vino la parte dolorosa de los castigos. Partió el cura:
—La primera comunión es un acto hermoso de conexión con el Señor, se realiza luego de un proceso de conocimiento e introspección que claramente aún no has completado ni completarás. Por lo tanto, no puedes hacer la sagrada primera comunión.
—Tal vez en el paseo pueda conectarme más con Jesús… —murmuró Carlos, como un ahogado que lanza agónicos manotazos.
—¡Ja! —dijo fuerte el cura—. Cara de raja —masculló sin ocultar su disgusto.
Carlos bajó la mirada. La legendaria pichanga de Rapel se jugaría sin él. ¿Y si el grupo 1 pierde porque no voy? Imaginó a los del grupo 2 quebrándose por meses o tal vez años si ganaban, e hizo una mueca de dolor al pensar eso, hasta que presintió la inminente sentencia de su madre.
—Vamos a evaluar la duración de tu condena, sí, condena. Porque la palabra castigo se me queda corta. Por lo pronto: no hay tele, no hay consola, no hay nada de eso. Si no estás en clases, estarás en tu pieza y no con El Gráfico ni Barrabases, libros de las materias del colegio.
—Y me vas a lavar el auto cuantas veces sea necesario, hasta que me hayas pagado el vino —agregó su padre, ante la mirada reprobatoria de la madre.
Con las sentencias ya establecidas, vino una serie de preguntas que se atropellaron entre los adultos: ¿por qué nos dijiste que querías hacer catequesis si no era obligatoria? ¿Qué hacías en vez de estar en las clases? ¿Por qué te metiste en tantos problemas y complicaciones? ¡¿Por qué?!
Carlitos se encogió de hombros. Suspiró fuerte mientras se rascaba un brazo, llevaba un rato con la vista baja, pero ahora la levantó. Los miró alternadamente y fue honesto como no lo había sido en mucho tiempo:
—Quería… quería jugar fútbol.
Las Condes, noviembre del 1994
Este es uno de los cuentos de Corazón de Pelota. Si te sacó una sonrisa, el resto también lo hará.
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—Me la traje yo, ¿cierto?
No estaba en mi pieza. Me puse a hacer memoria y empecé a rememorar algunas imágenes de lo ocurrido: los goles, el pitazo final y los brazos en alto, la celebración desatada, la copa como vaso gigante y glorioso que pasaba por cada uno llena de piscola. Más abrazos, las risas, la noche, más trago.
El autor

Para los efectos de este libro, lo importante es decir que a sus 42 años, Pedro Ávila es un defensa central rústico y de mucho oficio. Además, es esposo de Almendra y padre de Enrique, a quienes ama más que al fútbol.
De padres chilenos, nació en Venezuela, y desde los cuatro años está en Chile cortando avances y reventando lejos el balón. Lector voraz desde pequeño, tiene como referentes a Bukowski y Sacheri. Vive a ratos en Estados Unidos, y trabaja en BTalentStar, una sportech chilena que busca y potencia el talento deportivo.
Cuenta con un título de sociólogo que le gusta aunque no lo usa, y un magíster en intervención social que pensaba le daría glamur.
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